Película: La Ventana Indiscreta
Director: Alfred Hitchcock
Año: 1954
País: Estados Unidos

Estamos en 1954, Jeff (James Stewart) con su pierna fracturada, enyesado, se ve obligado a permanecer en una silla de ruedas en su departamento en un conglomerado urbano de edificios, en un tórrido verano, que lo obliga a tener las ventanas abiertas, lo cual favorece el fisgoneo. ¿Qué harías en una situación así para entretenerte sin una tablet? ¿Sin Pc? ¿Sin celular? ¿Sin tv?; probablemente lo que hace Jeff: espiar a tus vecinos… En esa situación su bella novia (Grace Kelly) lo pone contra la pared con su demanda de casamiento, es así que Jeff fisgoneando, —sin poder moverse, sin poder escapar—, elude su aburrimiento y también pospone una decisión que le concierne a nivel de pareja.

La íntima cotidianeidad de los diversos habitantes del bloque de departamentos que Jeff espía, muestra la pugna siempre presente de los intereses masculinos y femeninos de las distintas posiciones sexuadas.
Él está inmovilizado, ella puede moverse; en la habitación del frente, un hombre que entra y sale y una mujer confinada en su cama allí puede, según las especulaciones de Jeff, haberse consumado un femicidio. En ambas parejas un inválido al arbitrio de su partenaire.
Una película rodada desde el punto de vista del mirón , punto de vista del protagonista con el que quedamos como espectadores rápidamente identificados, porque la cámara nos ubica fusionándonos, en la mirada de Jeff, la ventana a través de la que miramos funciona como un ojo, nuestro ojo; su cuidadora le dice: “nos hemos convertido en una raza de mirones”, ¿Se puede dudar de la actualidad de esta frase de 1954?, una obra maestra sobre el goce del ojo y la mirada.

Otra escena : Jeff percibe la ventana y la mirada que le dirige, hay una mirada más allá de esta, que le es dirigida, la habitación está a oscuras y un parpadeo luminoso y fugaz —un cigarro encendido— se distingue en ella , una mancha que lo mira, que le concierne especialmente; solo un sujeto deseante puede ver que la mancha le devuelve la mirada, Jeff como voyeur esta ya allí, incluido en el objeto visto, dice Lacan (1953-1954): “puedo sentirme bajo la mirada de alguien cuyos ojos no veo, ni siquiera discierno, basta con que algo signifique para mí que allí puede haber otros. Esta ventana, si se oscurece un poco, y tengo razones para pensar que hay alguien detrás de ella, es inmediatamente una mirada”.

La trama muestra la transformación del voyeur en cuadro, del espectador en espectáculo; en otra escena de antología Thorwald el vecino sospechado, saliéndose del cuadro, de “su” ventana, entra al departamento de Jeff, a su habitación —a su cuarto oscuro— Jeff aterrorizado e incapaz de escapar ya del cuadro del que forma parte irremediablemente, ante la intención del vecino de arrojarlo por la ventana, se defiende cegándolo con los flashes de su máquina de fotógrafo, su oficio, se resiste pues “queriendo no ser visto”.
Después que mires este clásico, puede que en el parpadeo fugaz, ominoso, del ojo de la cámara de tu gadget preferido se encienda un cigarro… que ilumine por un instante la ventana fundante con la que te haces un mundo solo tuyo.