Película: El Ciudadano Ilustre
Directores: Gastón Duprat, Mariano Cohn
Año: 2016
Países: Argentina, España

La película comienza con Daniel Mantovani (Oscar Martínez) —un escritor argentino radicado en Barcelona hace 40 años—, recibiendo el premio nobel de literatura. En su discurso adelanta lo que serán los próximos cinco años de su vida como escritor: “tengo la convicción de que este tipo de reconocimiento tiene que ver con el ocaso de un artista”
Las escenas que siguen, —cinco años después— nos muestran ese ocaso. Un paisaje en donde lo vemos contemplar un estanque en el que flota un flamenco rosado muerto, un enorme cartel publicitario en donde aparece su obra literaria ofertada a tan solo 5 euros, una hermosa casa en la que el escritor se aburre. Lo bello y el hastío se conjugan en cada escena.


Sin embrago, algo contingente lo despierta. Una invitación llega desde Salas, Argentina, el pueblo donde él nació, del cual se fue a los 20 años y a donde no ha podido regresar. Lo invitan para galardonarlo con el título de “Ciudadano Ilustre”. Luego de decir no rápidamente, cambia de opinión y decide regresar a Salas.


¿Qué va a buscar? ¿Con que se encuentra? Entre el pueblo y él vemos una relación de extimidad. Él es un éxtimo para ese pueblo, que lo venera, siempre que no cuestione nada del goce que allí circula.


Pero me interesa poner la mirada en lo que el pueblo es para Daniel Mantovani, o Titi como le dicen allí. También un éxtimo. Él rechaza el goce de esos que habitan en ese lugar, ese goce que se le vuelve extranjero pero que sin embargo también habita en él. “Me fui de Salas hace 40 años pero Salas nunca se fue de mi” dice casi al final. Lo que ha hecho durante su vida es escribir sobre eso que intentó dejar atrás. Debajo del brillo que puede tener lo i-lustre, vemos aparecer el objeto lastre. Su obra, ya devaluada en Barcelona, arrancada hoja por hoja para prender una fogata y limpiar los restos del cuerpo durante el viaje del aeropuerto al pueblo.


Y es el encuentro con eso propio, puesto en el pueblo, lo que lo vivificará y una vez más lo empujará a escribir. ¿Podríamos pensar que la escritura para él ha sido un tratamiento de ese real que lo habita y una forma de volver eso que puede ser escoria en resto fecundo? ¿Qué opinan?


Para terminar, vuelvo al principio y me quedo con lo que él dice que es un artista. “La comodidad tiene muy poco que ver con el espíritu que debe tener todo hecho artístico. El artista debe interpelar, debe sacudir …” Para mí, también una definición no del analista, pero sí de quienes intentamos habitar el discurso analítico.