LOS HIJOS DE MARX Y LA COCA COLA

MATÍAS MEICHTRI QUINTANS
Psicoanalista en Córdoba, Argentina

¿Cómo empezó todo? Con una hiancia, podríamos decir.

Y es que la misma palabra hiancia implica en sí una dimensión de imposibilidad que se jugó en su propia traducción al castellano, a la que Tomás Segovia, traductor de los Escritos de Jacques Lacan, supo enfrentarse. Dimensión que se juega aún hoy como ese espacio abierto donde el significante no alcanza a cubrir, en su afán de dar sentido, a lo real.

Según el diccionario, el término hiato —que es la secuencia de dos vocales que se pronuncian en diferentes sílabas— forma parte de la misma familia léxica. Entonces se trata de un campo en el que algo se separa, se abre. Y su etimología latina la refiere a la abertura de la boca, como cuando se bosteza, y por extensión a toda grieta, profundidad o abismo.

Lacan utiliza este término (en francés béant, béance) en diversos textos. También de manera implícita de un modo en el que se operativiza su función a partir del sentido que se le atribuye.

A mi modo de leer, se puede ubicar esa dimensión implícita en la idea que Lacan tiene de lo que es un significante. En la conferencia que da en Ginebra en 1975, enuncia que «hay una especie que supo aullar de manera tal que un sonido, en tanto que significante, es diferente de otro» (Lacan 1975 [1998] p. 129)

Así empezó todo: con una distinción. Con una boca que se abre para establecer una diferencia entre un aullido y otro. Entiendo que esa diferencia se soporta en el campo de una hiancia.

Finalmente, hablar implica eso: establecer diferencias.

Diferencia / desigualdad

Lacan nunca teorizó un psicoanálisis garante de la igualdad entre unos y otros; muy por el contrario, él ubicó una suerte de máxima tensión entre ambos. Como buen freudiano, tampoco redujo la diferencia —de los sexos, por ejemplo— a la desigualdad. Pero ubicó, tomando como referencia a la filosofía china, “los principios macho y hembra de la vida» (Lacan, 1938 [2012], p 95) que se derivan del Yin y el Yan.

Lacan sostiene que hay un predominio del principio macho (no dice del hombre). En consecuencia, este predominio tiene su reverso que consiste en la ocultación del principio femenino debajo del ideal masculino.

En cuanto al principio femenino, Lacan lo define en su Seminario El Yo en la Teoría de Freud y en la Técnica Psicoanalítica como un inaceptable: «para ella hay algo insuperable, digamos inaceptable en el hecho de ser colocada en posición de objeto en el orden simbólico, al que por otra parte está sometida enteramente al igual que el hombre» (Lacan, 1954 [1995], p.392).

Masculin Féminin (Godard, 1966) destaca a las claras este doble movimiento: por un lado, un intento de atrapar con el predominio de los actos, el discurso, los ideales, etc., lo que se presenta como un real en cada personaje: la sexualidad, la juventud, la guerra, la muerte. Por el otro, lo inaceptable. Eso mismo que se intenta regular no se deja atrapar ni domesticar en la convivencia de estos jóvenes que parecen desconocerse cada vez más.

Este principio, rescatado por Lacan, acecha desde siempre “la ubicación del serhablante en lo que concierne a las fuerzas del mundo” (Lacan, 1971 [2009], pp. 60-61).

Eso que está desde siempre no es un par de opuestos sino el predominio y su reverso en términos de función de uno sobre el otro. En el film, la hiancia se abre en el campo de la sexualidad indiferente al esfuerzo de los protagonistas que buscan hacer de un imposible, una relación.

Con esa contundencia aparece el slogan[1] que J-L. Godard instala como intertítulos que dividen el film en diversos capítulos.

Entre Marx y Coca Cola

¿Somos diferentes o indiferentes a los jóvenes de París del ‘65 que Godard retrata?

En uno de los títulos que fragmenta la narración cinematográfica, puede leerse: “Sólo queda una mujer y un hombre y un océano de sangre derramada”. Impacta la metáfora literaria con la que ubica esa hiancia entre el hombre y la mujer y que Lacan supo precisar diciendo que allí «hay un hueco y algo vacila en el intervalo» (Lacan, 1964 [2001], p.30)

Para el psicoanálisis el real siempre se presenta en una dimensión de imposibilidad y, desde esta perspectiva, la verdad que nos concierne es aquella que, como los intertítulos del film, habla.

Referencias

Lacan, J. (1975 [1998]) “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma” en Intervenciones y Textos 2. Buenos Aires: Manantial.

Lacan, J. (1938 [2012]) “Los complejos familiares en la formación del individuo” en Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós.

Lacan J. (1954-1955 [1995]) «El Yo en la teoría de Freud y en la técnica del psicoanálisis» en El seminario de Jacques Lacan. Libro 2. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (1971 [2009]) «De un discurso que no fuera del semblante» en El Seminario de Jacques Lacan. Libro 18. Buenos Aires: Paidós.

Lacan J. (1964 [2001]) » Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis» en El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. Buenos Aires: Paidós.


[1] Nos referimos a «Esta película podría llamarse Los hijos de Marx y la Coca Cola». Otros intertítulos que aparecen en el film son: «El topo es inconsciente pero siempre toma su rumbo». «El trabajo humano resucita cosas de entre los muertos».